La única reseña recibida describe una experiencia muy negativa con la escort. El cliente reporta que, al intentar contactar y acudir a la casa en San Gil, la “pre‑pagada” resultó ser un travesti, no una mujer, lo cual generó sorpresa y disgusto. Se destaca que el trato inicial fue amable, pero el propio físico reveló que se trataba de un hombre con una apariencia “de vieja”, ocultando el rostro y mostrando rasgos masculinos evidentes. No se llevaron a cabo ninguna actividad, por lo que el servicio quedó sin cumplir. El cliente subraya que la casa donde se encontraban estaba lejos de lo que se había esperado, con instalaciones que describió como “fea”. En resumen, la calidad del servicio fue considerada cero, la apariencia física no cumplía con la descripción, y la actitud, aunque amable, resultó insuficiente ante la falta de coincidencia entre la presentación y la realidad. La reseña concluye con una fuerte recomendación de no contratarla, indicando que otras experiencias posteriores en el mismo viaje fueron más satisfactorias. El patrón que emerge es un caso de fraude de identidad, donde la escort no corresponde a la persona esperada, lo que afecta gravemente la confianza de los clientes.